Hacía tanto calor que me sudaban las manos y el maquillaje empezaba a gotear. Me había comprado unos tacones altos, estrechos y un vestido negro y blanco de cancán con el que caminaba con dificultad, parecía torpe. Me senté en uno de los bancos del claustro de la Universidad buscando un poco de silencio en medio de la barahúnda de gente. Era nuestra graduación y el final de una era, o principio de una nueva, según la óptica con la que se analizase. Perdí la mirada en la lejanía donde un tumulto de familias abrazaban a sus hijos sacando instantáneas en las cámaras digitales. Sin embargo, yo permanecía sola aferrándome a aquel banco y viendo los segundos desvanecerse tras las agujas del reloj sin percatarme de la hora. El eco de unos tacones pisando el asfalto con aplomo me sacó de mi trance para devolverme a la realidad, me di la vuelta y vi la larga cabellera morena de Isabel con mechas rubias mezclarse con los rayos de sol. Me preguntaba cómo me había encontrado, era la última persona con la que deseaba entablar conversación.

—¡Hola Ariadna, tú madre te está buscando!—exclamó.

Miré hacia arriba y fingí una sonrisa. Isabel era la novia de Sergio, mi mejor amigo. Los tres nos criamos en el mismo colegio en La Coruña, el Sagrado Corazón, y estudiamos la carrera en Salamanca, pero ella y yo nunca nos entendimos a pesar de haber crecido juntas.

—Gracias Isa, ahora la llamo —Era imposible no fijarse en ella. Reparé en el esmalte de sus uñas color nude y su silueta esbelta, nada que ver con las mías estalladas ni con los kilos que me sobraban. Ella siempre se cuidaba mucho y sin embargo yo….yo era un desastre.

—Buenos días Ariadna —me saludó el Doctor García, el padre de Isabel —Traigo a tu madre conmigo que te había perdido.

—¡Ariadna, hija me he cansado de llamarte!—dijo frustrada. Siempre estaba enfadada conmigo hiciera lo que hiciera, tal vez por eso tendía a evadirme o a escaparme.

—Bueno, ya la hemos encontrado —dijo el Doctor García agarrándome el hombro de manera paternal. Me crié sin padre, nunca supe quién fue o quién es. De adolescente acribillaba a mi madre a preguntas hasta el hastío pero no conseguí sonsacarle nada, así que opté por no hablar del tema y evitar discusiones. Mi madre siempre trabajó en casa de Carlos, el Doctor García, y como era una persona influyente en una ciudad de provincia me consiguió becas para estudiar, academias y hasta medió para que me aceptaran en la Universidad. Fue lo más parecido a un padre que he tenido— ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando estas dos mujercitas jugaban en casa y ahora ya se están graduando, ¿no crees Virginia?

—Sí, Doctor.

—Por favor, Virginia, te lo digo siempre ¡Llámame Carlos! Te has pasado tantos años llevando la casa y cuidando a mi padre que tú y Ariadna sois de la familia para mí, para Rosalía y para Isa ¡Venga, saquemos una foto todos juntos!

Le pedí a una compañera que nos hiciera una fotografía de las dos familias. Siempre me había caído muy bien Carlos. Era muy campechano y cariñoso. Fingí que estaba contenta e intenté esbozar una sonrisa. Era incapaz de posar y me tambaleaba sobre los dichosos tacones, deseaba que la compañera le diera al botón y desaparecer de aquel tumulto, evadirme de nuevo pero resultaba imposible. 

—Bueno, nos vemos en un rato, en el claustro —dijo mi madre de manera diplomática a Carlos y a su mujer, Rosalía.

—Allí estaremos —le respondió Rosalía amagando una sonrisa. Se dio la vuelta y mi madre comenzó a regañarme, como de costumbre.

—Ariadna, el Doctor García y su familia me han dado trabajo durante años para poder pagarte los estudios. ¿Por qué eres así con ellos?

—Porque me cae mal su hija, nos odiamos desde que éramos niñas y me obligabas a jugar con sus muñecas.

—¡Deja de comportarte como una cría, ya eres una mujer!, le debemos mucho a esa familia, ¡parece mentira que no lo entiendas!

Mi madre era fría conmigo. El papel de educadora lo cumplió a la perfección, siempre pendiente de mi futuro y porvenir pero a veces me hubiera gustado que no fuera tan severa y encorsetada. Diciéndome en todo momento lo que tenía que hacer. Estuvo en contra de que estudiara Periodismo porque no le veía futuro y fue Carlos quien la convenció. Recuerdo ese día, ella estaba limpiando su casa y yo la esperaba a que terminase, pude escuchar su conversación con Carlos en la habitación de al lado. 

—Doctor disculpe que le moleste, ¿pero podría hablar con mi hija sobre su futuro? —le preguntó.

—¿A qué te refieres Virginia?

—Pues que Ariadna dice que quiere ser periodista y recorrer el mundo. Yo intento convencerla de que tiene demasiados pájaros en la cabeza y de que use su expediente para estudiar empresariales que eso sí que da dinero pero no me hace caso, tal vez si usted le dijera lo útil que es la carrera podría convencerla, yo ya me doy por vencida.

—Bueno Virginia, tampoco es un drama que la niña quiera estudiar periodismo, ¡déjala!, escribe muy bien. Seguro que llegará lejos si se lo propone. Además mi hija también va a estudiar publicidad en Salamanca, es muy buena universidad y tienen titulación de periodismo, ¿por qué no te acercas y ves si te gustan sus instalaciones?

—¿Acercarme?

—A Salamanca. Voy a llevar a Isabel la semana que viene, si queréis os llevo en el coche. —Ofreció Carlos de forma amable. –Era algo que me irritaba, si yo sugería algo era una desfachatez pero si lo hacía la adorable Isabel se convertía en la idea perfecta. Todo lo que ella tocaba o decía contaba con el beneplácito de mi madre; ¿por qué no me valoraba?

—Muchas gracias, Doctor pero no hace falta, no se moleste. —Mi madre rechazó el ofrecimiento. Por un instante suspiré aliviada, si algo detestaba era la sola idea de compartir con Isabel cinco años más de mi vida estudiando en los mismos pasillos pero estábamos condenadas a estar juntas y en cierto modo a entendernos.

—¡De nada!, después de tantos años cuidando de mi casa y de mi familia es lo menos que podría hacer por ti, Virginia, ¡Anda¡ os venís con nosotros y no se hable más. —Comentó Carlos. De alguna manera se había convertido en el patriarca de la familia.

Y así fue como empecé a estudiar la carrera, gracias a él y a la capacidad de persuasión que ejercía sobre mi madre. Pese a ello, Isabel y yo no teníamos relación. Las dos éramos muy distintas. Ella solía salir con sus amigas hijas de médicos o de abogados que a su vez salían con chicos médicos o abogados. Yo sin embargo, trabajaba los fines de semana en distintos bares para ganar dinero y poder financiar mis viajes a Coruña y pagarme las barras libres de los miércoles, el único día que no trabaja y aprovechaba para beber alcohol barato y conocer  a extranjeros. Así fueron pasando los años, uno de ellos estuve en Europa haciendo un Erasmus y otro en Estados Unidos realizando un intercambio. En esos meses trabajaba a la vez de niñera, camarera y guía turística mientras seguía conociendo a extranjeros de todas las razas con los que tomar un vino al final del día. Solo mantenía relación por teléfono con mi madre con y mi mejor amigo del colegio, Sergio, que como dije antes era el novio de Isabel. Sí, aunque parezca mentira yo le presenté mi mejor amigo a mi enemiga.

Sergio siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Nos conocimos jugando al equipo de fútbol en el Colegio El Sagrado Corazón, yo era la única chica en el equipo masculino. Me acuerdo perfectamente del día en el que entré, tenía dieciséis años y ganas de ser uno más. Subí las escaleras de cemento y sobre la pista vi al entrenador, al que llamábamos Don Rodrigo.

–¿Qué haces aquí, chiquilla? —me preguntó Don Rodrigo con acento andaluz cuando entré en el campo en medio del entrenamiento.

–Quiero pedir información para saber cómo apuntarme. 

–Aquí no puedes. Este es el equipo masculino.

–Si, eso ya lo sé. Pero no hay equipo femenino.

–Tiene que haberlo o se estará formando, habla con tu tutora.

–Creo que no, ¿Alguna solución?

–¡Chiquilla sal de aquí, estamos entrenando!

Y me fui, pero volví al día siguiente y al siguiente. No hacía nada, solo me sentaba en las gradas, miraba a mis compañeros entrenar y el tiempo pasar.

–¡Mi arma!, ¿no te das por vencida?

–Sí, lo haré cuando me enseñes a jugar al fútbol. —Repliqué.

–Bueno… ¿Y de qué quieres jugar?

–De lo que me manden.

 Nunca supe si fue por mi insistencia o por el hartazgo de Don Rodrigo pero al final terminé  siendo uno más en el equipo de fútbol masculino del colegio Sagrado Corazón. Ahí conocí a Sergio. Recuerdo la primera vez que lo vi con sus rizos castaños desenfadados, unos ojos color miel cargados de expresión y una sonrisa cariñosa. Con el tiempo nos fuimos haciendo amigos hasta que un día me invitó a ir al cine y noté que me miraba de manera diferente. Y por primera vez me ruboricé al sentir su cercanía. Pensé que era el momento de presentarle a una amiga para no embrollar nuestra amistad, así que un día le dije si me acompañaba a casa de los García a buscar a mi madre. Ahí estábamos los dos esperando en el portal bajo un día lluvioso gallego cuando apareció Isabel. Me saludó y metió las llaves en la puerta mientras Sergio esbozaba una de sus sonrisas dulces y le ayudaba a abrirla. Aquel instante marcaría sus vidas para siempre, y en cierto modo también la mía.

—Ariadna, ¡Vamos! Están todos tus compañeros entrando en clase, como sigas así de rezagada te vas a perder tu propia graduación.

—Vete yendo, mamá. Ahora te sigo.

—Pero vosotros vais primero y los familiares después ¿No lo entiendes?

—Sí, claro que lo entiendo pero necesito un momento para estar conmigo misma. Por favor vete entrando en el claustro.

—De verdad que no te entiendo, ¡eres una maleducada! —escuchaba los insultos de mi madre y sus gritos desvaídos pero poco me importaba. Lo cierto es que no tenía ganas de graduarme, tampoco es que hiciera grandes amigos en la universidad y hasta había llegado a pensar que era un ser antisocial.

—¿Tanto te gusta hacerte de rogar? —levanté la vista y con la mano tapaba los rayos de sol que me cegaban. Noté esa voz dulce y los rizos rubios de Sergio acercándose a mi banco, hasta que se sentó a mi lado.

—Sabes que me gusta ir de última, odio el gentío ¿No entras con tu novia? —le espeté.

—Está dentro con sus padres, voy ahora pero quería acompañarte a ti también –dijo.

—Siempre has sido tan bueno… Isa tiene suerte de tenerte. —Volví a mirar su pelo rizo flotando en el aire y sus ojos verdes seda tan cálidos. Quise abrazarme a él y no salir nunca de su regazo, a su lado me sentía cómoda, me sentía yo. Quizás fuese el único ser humano que me entendía o con el que estaba agusto como si el tiempo se detuviese en un instante perfecto e irrepetible cada vez que hablábamos.

—Tú nos presentaste —dijo con una sonrisa pícara mientras daba un sorbo a una botella de agua que traía con él.

—¡Pues a ver cuándo me consigues un novio! 

—Has estado con la mitad de mis amigos y ninguno te vale, ni siquiera yo…

—Eso fue hace muchos años —dije riendo.

—Entonces señorita… ¿lista para su graduación? —se levantó del banco y se puso de pie delante de mí. Me tendió su mano y me aferré a ella. Noté como tiraba de mi cuerpo con gran ahínco hasta que consiguió erguirme y acercarme aún más a él. Volví a ver su sonrisa bailando a un palmo de mi boca. Desvié la mirada y me fijé en su camisa blanca perfectamente planchada con un pañuelo gris marengo en el bolsillo de la chaqueta azul marina de su traje. Me cedió su brazo para apoyarme y cargar mi peso. Intenté caminar lo más despacio posible disimulando mi torpeza en el manejo de aquellos finos tacones que no se adaptaban a mis toscos andares. Entonces entramos en el claustro de la Universidad, era majestuoso. Un vasto cubículo erguido sobre columnas de piedra con un pasillo central propio de una catedral medieval. En aquel momento agarrada a él ya no sentía vergüenza ni desazón, tan solo ansiedad de seguir hacia adelante obnubilada por tan estremecedora imagen. Pasamos al lado de mi madre y la familia de Isabel, y al verla Sergio me soltó con delicadeza.

—Ahora puedes seguir tú sola —me dijo.

Continué caminando hasta hacerme un hueco al lado de ella.No éramos amigas pero no tenía a nadie más y su padre le había pedido que me reservara un asiento entre su grupo de amigas con la cual no tenía relación. Sonreí cuando me crucé con su mirada, era imposible no verla ya que tenía una belleza con la que nunca podría competir. Me fijé en su vestido rojo acentuado su cintura de avispa, sus ojos castaños y pelo marrón avellana que le caía por la espalda haciendo bucles perfectos. 

Entonces la Decana empezó a hablarnos. Un silencio impávido ensordeció los murmullos del claustro, comenzando así un discurso que marcaría el transcurso de mi vida, y de las variopintas aventuras que me ocurrieron en mis viajes surcando el mundo.

“Empieza una nueva era para todos vosotros. Y como toda etapa debéis emprenderla con ilusión, fuerza y respeto. Por todos es sabido que no son buenos momentos para el Periodismo, periódicos tan legendarios como The New York Times por primera vez están dando pérdidas. Sin embargo, queridos alumnos no os alarméis, porque igual que auguro que llegan tiempos difíciles, también os prometo que los buenos profesionales tendrán siempre un sitio en cualquier lugar para redactar sus crónicas sea cual sea el medio y el canal que escojan. Hoy empieza vuestro nuevo periplo, como los grandes periodistas en los que os habéis convertido y por ende, con orgullo y honor, hoy damos por finalizada nuestra labor como educadores. Ha sido un enorme placer formar parte de vuestra vida y os deseo lo mejor en los tiempos venideros así como un gran éxito profesional”.

He de decir que aquellas palabras me estremecieron. Por unos segundos la Decana de la facultad, María Eugenia Garrido, acaparó toda mi atención y mis respetos. Un estrepitoso aplauso inundó con la fuerza de un tsunami el magistral claustro tallando aquel instante y aquel mensaje en un momento inmortal que guardaría en la geografía de mis recuerdos.