—¿A dónde vas, amiga?—me dijo el conductor egipcio mientras me adentraba en su taxi con los asientos despellejados.

—A la Plaza Tahrir —le respondí.

—No puedo ir ahí, estamos en medio de una revolución y es una zona peligrosa —replicó. De inmediato me percaté de que estaba usando esa excusa para pedirme más dinero.

—Te doy diez libras egipcias si me acercas solo a mí.

—Cincuenta para ti, amiga mia —me dijo con una sonrisa bailándole en la boca, lo cual acabó por agotar mi paciencia.

—¡Oye! vivo aquí y no soy una turista, por si no se ha dado cuenta no hay extranjeros en Cairo ni nadie que te dé diez libras por ir al Down Town así que o me llevas o me monto en el taxi de atrás. Dime sí o no. —Hice un ademán de subirme en el coche de al lado hasta que el taxista dejó de regatear e hizo un gesto para que entrara. Supe que había aceptado mi oferta.

Esa pequeña discusión era algo que amaba y odiaba de Egipto y de los muchos países en los que había estado y en los que estaría. Todos los días el simple hecho de salir a la calle se convertía en una batalla. Al verme extranjera incrementaban el precio de cualquier servicio o mercancía por tres o por cuatro, una negociación continua que a veces resultaba emocionante y otras, sin embargo, cansina. La Primavera Árabe había estallado contra el presidente Hosni Mubarak en 2011, y los restos de edificios quemados y el Museo Egipcio de El Cairo destrozado empezaban a mostrar sus fantasmas en el epicentro de la Plaza Tahrir. De alguna manera caminar por su calles era como adentrarse en un mundo post apocalíptico o en el escenario de un videojuego distópico, como si los seres humanos fuésemos polillas horadando el planeta. En eso estaba pensando cuando el taxi me dejó en una de las calles colindantes a la Plaza.

—Tuve que dar vueltas para traerte aquí. Estaba lleno de policía, así que dame quince libras más — advirtió el conductor. La negociación se había iniciado de nuevo.

—No —contesté tajante—. Dijimos diez libras y eso es lo que hay. —Salí fingiendo estar enfadada mientras él gritaba en árabe, supuse que me estaba insultado. Seguí caminando deprisa y sus alaridos se disiparon tras el ruido de su motor averiado. Y ahí estaba, 1 de febrero de 2011, delante de un país en plena convulsión.

Me costaba caminar con tanta gente a mi alrededor, las protestas habían empezado cinco días antes, el veinticinco de enero de 2011 cuando surgió la primera gran manifestación convocada contra el Presidente, Hosni Mubarak, a través de la red y denominada como el «día de la Ira». Miles de egipcios se amontonaron por todo el país protestando por sus derechos, yo los seguía desde fuera y desde dentro al mismo tiempo, como si fueran dos realidades divergentes de un mismo suceso. Desde dentro a pie de calle y desde fuera viendo la BBC u otros canales occidentales en los que no paraban de emitir imágenes de trifulcas y multitudes ondeando sus banderas de liberación y enfrentándose a policías con escudos protectores y gases lacrimógenos. La imagen exterior era la de un lugar incandescente que estaba viviendo un cóctel molotov, desde luego desaconsejable para cualquier turista, y en parte era cierto. Pero cuando vives el conflicto desde sus entrañas te das cuenta de que acabas viendo la situación como algo normal, casi anodino. Los hombres se reunían para tomar el té y hablar de política después de los largos días de marchas; y las mujeres continuaban limpiando las casas y vendiendo naranjas en medio de las carreteras o sedas en algún mercado. El mundo se detenía para contemplar a Egipto pero Egipto no se detenía ante nosotros.

—Aparta de ahí, chica —dijo un policía mientras magullaba a un manifestante con una vara. Escondí mi cámara y empecé a sacar fotos con el móvil. Había humo de los gases lacrimógenos mezclado con un ruido ensordecedor. Balbuceé algo y continué caminando. Tenía una regla que había aprendido en este tipo de situaciones: cuando hay gresca muévete deprisa como si tuvieras claro hacia dónde te diriges. Si alguien te pregunta algo sigue tu camino hacia delante, no te pares ni te des la vuelta, finge que no lo has escuchado. Cualquier gesto que hagas tiene que ser brusco. Hacerse paso entre la muchedumbre en una revolución no es como esperar cívicamente para entrar en el metro de Londres. Esto era otra historia, había que ser maleducado, altanero y pararse lo menos posible. O arrasas o te arrasan, ese era el primer principio.

Mientras me acercaba al ombligo de la Plaza Tahrir comenzaba a sentir de nuevo esa sensación de adrenalina a la cual me consideraba adicta. Con el móvil conseguí tirar unas sesenta fotos, y dos testimonios de protestantes.

—¿Por qué están aquí manifestándose? —Pregunté a un par de jóvenes locales.

—We want freedom (queremos libertad)—respondieron.

—¿Periodista? —me preguntaron, a lo cual asentí. —Pues sácanos guapos —dijeron.

Les hice un par de fotos y me fui de allí lo más deprisa que pude. Tardé quince minutos en adentrarme en el mercado de Down Town, el zoco árabe, único lugar donde podía coger un taxi en medio de aquel tumulto y volver a mí apartamento. Tenis dos SMS de mi redactor jefe, seguramente querría algún texto de lo sucedido «para ayer».

—¿Chica, quieres un pollo fresco para llevar a casa?—preguntó un comerciante.

—No —dije con tono imperativo.

—Te lo vendo solo por una libra. —Insistió de nuevo.

Un borbotón de sangre roja y caliente tintó la pared de aquel puesto. Escuché al pollo gemir después de haberle cortado el gaznate con una navaja y sin más me alejé de aquella escena percibiendo el característico olor a la sangre caliente recién salida del cuerpo del animal.

Miré para abajo y vi a un encantador de serpientes bailando con dos cobras en una alfombra azul con dibujos rojos, Cairo ofrecía un espectáculo atroz vacío de turistas y los mercaderes continuaban su rutina a la espera de que alguien les diera algunas monedas por sus peripecias. Al doblar la esquina vi un taxi y sin dudarlo me monté en él.

—A Zamalek —le dije con tono cortante para que no me empezara a regatear el precio. El hombre asintió y condució en medio de otros dos coches y adelantando indistintamente por la derecha y por la izquierda. En aquel país y en aquel momento la capital no tenía ley o quizás nunca la tuvo. Por el camino cogía y dejaba a pasajeros, me llamó la atención una familia con tres hijos que compartieron el taxi conmigo hasta que llegué a Zamalek.

—¿Periodista?—preguntó la mujer; tenía la cara al descubierto con un hiyab y las manos tapadas con unos guantes negros.

—Sí, le respondí.

—¿De dónde?

—De España

—¡España, me gusta España! —exclamó su marido sosteniendo a su hija entre las piernas.

—Messi, Messi —dijo el hijo mayor que estaba en el asiento del copiloto.

—No, no, Ronaldo —gritó el que debía de ser el benjamín de la familia, sentado encima del mayor.

—No Messi, no Ronaldo, Deportivo. —Respondí.

Se escucharon risas en el coche y por un momento me olvidé de todos los golpes que me había dado contra desconocidos intentando sacar alguna foto. Di dos libras al taxista y me apeé despidiéndome de la simpática familia.

Caminé cinco minutos hasta llegar a mi moderno apartamento que compartía con Josh, un joven periodista americano que trabajaba para Oxford Press y que siempre hablaba por Skype con su novia italiana.

—Good Morning, Ariadna —me dijo al entrar.

—Buenos días, Josh. —Le respondí en castellano. Josh hablaba varios idiomas.

—¿Qué tal te fue en la manifestación? Sigues viva por lo que veo. Eso es muy buena noticia.

—Y tanto que lo es.

—¿Tú que has hecho?

—Tomarme un café y analizar las dificultades económicas a las que se enfrentará Egipto si sale de esta.

—Me gustaría ser inteligente como tú y redactar un bonito análisis desde el sofá y que aún encima me pagaran por ello.

—Haber ido a Yale —insinuó con cierta sorna. Osciló una sonrisa de lado mientras caminaba en zapatillas por el largo pasillo del apartamento. El venía de una universidad de élite y de un mundo distinto al mío. Nos conocimos en el aeropuerto compartiendo el taxi, los dos íbamos al mismo hotel, el Marriott; un antiguo palacio con amplios jardines verdes y mesas de madera selladas con impolutos manteles de algodón blanco. Era el lugar preferido de políticos, empresarios y periodistas para tomar un cóctel a media tarde y transmitir al mundo su opinión sobre la revolución alejados de las calles.

—Quizás vaya a Yale, pero en otra vida. —Le espeté.

Josh era un joven americano apuesto y culto, y la verdad sus modales eran muchos más refinados que los míos. Serviría perfectamente para ser el jefe de prensa del próximo Presidente de los Estados Unidos o un puesto similar. Lo imaginaba con su traje plisado y sus camisas blancas deambulando por los despachos de la Casa Blanca. Seguro que sería un gran anfitrión en los desayunos con la prensa y analizaría la política del país con profesionalidad, eficiencia e inteligencia. Sin duda, llegaría alto.

El teléfono sonó.

—¿Sí?

—Ariadna, ¿estás bien?

—Hola Antonio —contesté a mi redactor jefe. Habíamos tenido una compleja relación profesional en la que me despidieron varias veces del diario y él intermediada por mi para volver a escribir alguna crónica en lugares perdidos a los que nadie quería ir.

—Entiendo que eso es un sí. No quiero molestarte pero…. Me hacen falta las fotos ya y una pequeña crónica.

—Acabo de llegar a casa, déjame diez minutos y te lo mando. Aunque hoy no estoy muy boyante, si le das una vuelta a la redacción te lo agradezco.

—Hecho —sentenció.

Antonio siempre hacía que yo fuera mejor periodista. Tenía talento literario, debería ser escritor. Mis crónicas eran un desastre pero él las corregía y cuando los textos salían recién horneados de la imprenta parecían piezas de una obra de arte, cargadas de ritmo y precisión. Eso hacía que con el tiempo me acostumbrase a escribir cualquier porquería desde un rincón al azar y seguir con mi trabajo como si fuese “profesional”. Más o menos lo que hacía Josh desde el pasillo de nuestra casa. Él sabía escribir, yo sabía ir a los sitios. Cada uno aportaba su granito de arena para que el texto llegase lo más clara posible al lector por la mañana. Un trocito de verdad desde un país del mundo que se despedazaba en añicos.

Envié la nota y me atreví a ponerme un vestido blanco con sandalias doradas. Hacía mucho calor en Cairo, unos 30 grados y el ambiente ya de por sí húmedo estaba lleno de partículas sólidas que contaminaban el aire. Una nube negra parecida a la niebla se posaba sobre la ciudad y la polución teñía de manchas negras el vestido blanco, pero me daba igual, había quedado con Karim y lo único que quería era verlo cuanto antes.

 Antes de salir noté los labios agrietados del calor pero no encontraba mi barra de cacao que había comprado el día anterior y que estaría tirada en algún lugar de la habitación, así que bebí un poco de agua embotellada, porque no había agua potable en Egipto, y me fui del apartamento despidiéndome de Josh con un grito mientras cerraba la puerta. Había quedado con Karim, mi novio del país, en el Starbucks para tomar café. Digo mi novio del país porque siempre había un país distinto, un novio distinto, un número de teléfono distinto, un apartamento u hotel distinto, un compañero de piso distinto, unos amigos distintos, una peluquería distinta, una comida distinta y todo era sencillamente distinto.

Entré en el Starbucks e instintivamente el camarero empezó a hablarme en inglés.

—Un café mocha blanco, por favor.

—¿Algo más?

—No, gracias.

Pagué con tarjeta y al sacar la cartera del bolso me di cuenta que ya había manchado el vestido con motas de polvo grises. No sabía por qué escogí la única prenda blanca de mi armario cuando toda mi ropa era oscura. Resultaba imposible vestir colores claros en El Cairo con sus calles negras repletas de coches destartalados que se desintegraban sobre el cemento sin que ninguna grúa fuera a por ellos.

Eché un vistazo al reloj del móvil casi sin batería, eran las siete de la tarde, la hora punta en la que los egipcios salían de trabajar. El calor, el polvo, la humedad del Nilo y los miles de personas que circulaban por la calle hacían difícil hasta respirar, configurando la imagen que más me gustaba de El Cairo: tan caótico y a la vez lleno de vida. Yo observaba toda esa convulsión desde el otro lado de la ventana del Starbucks mientras bebía mi café y esperaba por Karim. Él tenía algo importante de lo que hablar o eso me había dicho así que le esperaba sentada en el sillón de la calle Makram Ebeid, una de las más céntricas de la ciudad. A Karim le gustaban mucho los cafés y el pollo frito de KFC, una cadena de comida rápida americana, que solía comprar por las noches cuando se quedaba a dormir en mi apartamento.

Al poco rato entró en la cafetería, era imposible no verlo ya que medía un metro noventa y tenía el pecho corpulento. Emanó una sonrisa dulce que iluminó sus rasgos perfectos. Labios finos y alargados, nariz esbelta, ojos saltones y marrones adornados por mechones de pelo frondoso negro que colgaban de su cabello como si fuera azabache, Tenía hombros anchos, espalda prominente, piel tersa pero suave y una mirada parda imponente.

—Salam Alaikum, sweetheart (cariño) —dijo, suave.

—Walikum Salam —respondí. Era lo único que sabía decir en árabe. Nunca fui muy hábil con los idiomas, al contrario que Josh. Me comunicaba en inglés con dificultad pero todos me entendían. Creo que a veces solo es necesario el hecho de querer decir algo para entablar conversación.

—¿Qué tal estás? —preguntó mientras se sentaba enfrente de mí.

—Bien, acabo de venir de la plaza Tahrir.

Karim resopló —No entiendo qué hace una chica como tú en ese sitio, es muy irresponsable por tu parte, podría pasarte cualquier cosa.

—¿Tu acabas de salir del trabajo? —Él asintió con la cabeza. Operaba como ingeniero civil para una empresa constructora local que tenía sede en varios países de Oriente Medio, se llamaba Arab Contractors. Estudió en un colegio privado americano pero su inglés no era muy logrado, igual que el mío. Nos entendíamos pero no conseguía tener conversaciones profundas o razonamientos abstractos con él. Es uno de los inconvenientes de estar con alguien que no habla tu idioma ya que hay algunos pensamientos o sentimientos que no se transmiten con la misma nitidez que lo harías en tu lengua. —Bueno, dime ¿qué es lo tienes que decirme? —Solía ser bastante directa e impaciente, supongo que por eso me hice periodista. Odiaba esperar a que las cosas pasaran y me gustaba tener el control de los acontecimientos que aparecían por la puerta de mi vida.

—Primero voy a pedir algo, ¿qué quieres?

—Una galleta de chocolate blanco.

—No deberías comer eso si no quieres engordar.

—Me da igual un kilo arriba o abajo. —Le increpé con altanería. Lo cierto es que no cuidaba mi figura, solía engullir lo que me daba la gana hasta que no cerraban los pantalones, entonces pasaba horas sin comer. Por eso subía o bajaba de peso como una peonza sin ningún control alimenticio. Karim se levantó y volvió a la la cola del Starbucks hasta que le atendieron. Trajo a la mesa con su café y mi galleta. Aproveché el intervalo de tiempo para ir al baño y pintarme los labios de carmín rojo que había comprado en el aeropuerto al volver de España.

–Es muy bonito ese color —dijo al sentarse. Maquillarse de aquella forma en Egipto era todo una provocación aunque si lo hacía una extranjera a nadie le importaba.

—Dime, ¿qué quieres contarme?

—Verás, ¿te vas mañana a España?

—Bueno es el cumpleaños de mi madre y en marzo tengo la dichosa boda de Sergio así que volveré a finales del mes que viene. ¿Por?

—Por lo de mudarnos juntos al piso cuando vuelvas.

—Sí, ya le he dicho a Josh que dejaba unas cajas y que tú las vendrías a recoger para llevarlas a nuestro nuevo apartamento.

—De eso quería hablarte…Creo que no es una buena idea que nos vayamos a vivir juntos…bueno… ahora no —dijo dubitativo.

Eso era una de las cosas que odiaba de hablar idiomas distintos, el ahora significaba que no se iría conmigo en marzo o ¿me estaba dejando?, por su mirada escondida deduje que era lo segundo y entré en cólera.

—¿Qué dices? Pero si ya lo tenemos todo mirado, el piso está apalabrado con el casero, tengo toda la ropa y todas mi cosas… ¡A qué viene esto!

—¡Ariadna!, es ilegal que me vaya a vivir contigo sin estar casados, soy musulmán.

—Eso ya lo sabíamos, pero estoy en la zona donde viven los europeos. Comparto piso con un periodista americano y nadie dice nada.

—¡Con un americano pero no con un egipcio musulmán!

—¿Y eso qué más da?

—Sí que da, a ti no te pasaría nada pero yo iría a la cárcel. Tengo 27 años y soy el mayor de mis cuatro hermanos, ¡no puedo ir a la cárcel!

—No digas chorradas, no vas a ir a ningún sitio…

—Pues no sé, Ari. Prefiero no arriesgarme. Además a mis padres no les parece bien que vivamos juntos sin estar casados y sin que te hayas convertido al Islam, ni a mi tampoco.

— Pero ya hemos hablado de eso…

—Sí, y te dije que sí a todo porque te quiero y estoy enamorado de ti, pero tú no entiendes que querer es una cosa y poder otra. Porque tú no escuchas, solo impones. Tiene que ser lo que tú digas o nada y la verdad es que ya no aguanto más con esta situación.

En aquel momento quise gritar, pero me contuve. Tenía razón, aquella relación no tenía ningún sentido. En verdad nunca lo hubo pero estaba sola en ese país y él se había convertido en mi única familia. Siempre me venía a buscar en coche y me acercaba a todas partes, hasta el gimnasio del hotel W, en el que entrenaba porque no se podía vestir con ropa ajustada de deporte en las transitadas calles del Cairo… y había pequeños detalles que me conquistaron como llevarme la ropa a una lavandería de su barrio cuando estaba en el hotel para que no malgastara mi sueldo, llenarme la nevera de verduras y fruta cada vez que venía a dormir conmigo a mi apartamento o acompañarme a comprar un maletín de cuero negro y negociar por mi en árabe con un mercader del zoco. Así que ilusionada pensé que a lo mejor teníamos una oportunidad. Pero él acababa de abrir los ojos y la vida decidió hacer lo que le daba la gana conmigo, con nosotros. Estaba muy cansada así que le ayudé a cerrar esa conversación como tantas veces me había ocurrido con tantos otros chicos en tantos otros rincones por los que había estado “de paso”.

— Está bien, Karim. Lo entiendo.

—Pero Ari, no quiero que me dejes. Iré a España a verte y estaremos juntos, en Europa no hay problema. Solo dame un mes para gestionar la Visa y pido vacaciones en mi empresa.

—Claro.. Me encantará que vengas a mi país.

—Son las siete de la tarde, voy a rezar a la Mezquita y luego voy a dormir a tu piso ¿te parece bien?

—Sí, nos vemos luego.

Karim me dio un beso en la mano y se alejó entre el murmullo de la gente que esperaba un café. Yo me quedé sola, como siempre, escuchando el Al-adhan (la llamada a la oración), un canto que provenía de lo alto del alminar de la mezquita y que se repetía durante cinco veces al día. Tenía hambre así que me levanté a por un pastel de canela, lo envolví en una servilleta blanca que me dio la camarera y volví al mismo sitio. Estaba caliente. Me percaté de que era el mismo pastel que tomaba en el Starbucks de Londres cuando quedaba con Phillip, un colega británico, y escribía crónicas por treinta euros, el mismo que pedía cuando trabajaba en un Kibbutz al norte de Israel. Ya nada me sorprendía y todos los países que se cruzaban en mi vida acababan con esa misma escena: una chica sola sentada en un Starbucks comiendo un pastel de canela. Aunque en verdad resultaba indiferente porque mañana ya estaría de regreso a La Coruña. Seguramente me quedaría dormida en el avión y al abrir los ojos todo sería lo mismo, y a la vez distinto. Volver a casa para irme de nuevo, tejiendo así un círculo infinito del que, por más que lo intentaba, no era capaz de desprenderme. Claro que para entender cómo había llegado a ese punto de inicio o de final tendría que montarme en el vagón de mis recuerdos y parar el tren seis años atrás, el día que terminamos la carrera y nos graduamos. Cuando el mundo parecía una fábrica de sueños de la que yo era su autora.