Estaba en Cairo, Egipto, octubre 2015, en medio de la autopista dentro de un taxi que conducía por el medio de los otros vehículos de la carretera cuando me palpé el bulto, situado en la parte de atrás de la pierna, a la altura del muslo. No sé si por ignorancia o inconsciencia (o las dos juntas algo muy común en mí), no le di importancia: “Será un mosquito”, pensé. Pero no lo era.

Volví a casa por Navidad, en Coruña, y mi familia me obligó a ir al médico. Yo no quería. Me encontraba agotada de escribir reportajes en Oriente Medio y dentro de un mes tenía programado otro en Jordania. Solo pensaba en descansar, pero me insistieron tanto que al final accedí a realizarme una ecografía. Eso supuso el fin de mis viajes. Y la vuelta a casa como retornada, del modo más inverosímil que jamás habría pensado o imaginado.

A partir de ahí, en 2016, comencé lo que denomino “mi carrera oncológica” porque ya son cuatro años pasando de médico en médico y de ensayo en ensayo; es como si tuviera un grado en este proceso. Me vi obligada a cambiar mi profesión de la noche a la mañana ya que era imposible controlar el nivel de mis transaminasas en Cairo o en Aman. Y de reportera especializada en zonas de conflicto me convertí en comercial de franquicia inmobiliaria para varias empresas, muchas de ellas me despidieron en cuanto me daba de baja por alguna de mis múltiples operaciones; otras sin embargo, me apoyaron. Dejé de escribir, gran error por cierto, en parte porque había cambiado mis letras por las horas eternas en salas de oncología en diversos hospitales de España, y en parte porque me daba miedo o vergüenza hablar del tema. ¿Y si conocía a un chico y le contaba lo que me pasaba?, ¿escaparía corriendo? ¿Y si iba a una entrevista de trabajo y se daban cuenta o veían alguna de las cicatrices?, ¿no me contratarían? En eso pensaba yo en los primeros años de mi “carrera”.

Es curioso, ¿verdad?, había escrito lo que suponía vivir en un Kibutz en Israel o en un campo de refugiados en Palestina y, sin embargo, no me atrevía a relatar lo que me pasaba. Tan solo tenía 30 años cuando me diagnosticaron un tumor maligno y la inmadurez de mi edad o la sorpresa de la noticia me había enmudecido. Cuatro años, casi cinco, fue lo que tardé en decidirme a escribir sobre este proceso, al que uno de mis hermanos denomina como una “Montaña Rusa” porque siempre hay subidas y bajadas estrepitosas como el vagón de una locomotora acelerando a toda máquina para luego frenar en seco. Familias y personas que se cruzan en tu vida porque están en la misma situación o porque al igual que tú esperan los resultados “a ver qué pasa esta vez”.

Supongo que es por todas esas horas y vivencias en hospitales, por las veces que vi a tantas parejas jóvenes y no jóvenes adentrarse en una consulta con los dedos cruzados, con el valor de quien enfrenta la dureza de la vida estoicamente; por las veces que estuve al lado de una madre o un padre acompañando a su hija o a su hijo a una revisión; o una hija caminando junto a su madre o su padre; por lo que decidí volver a mis letras. Las cuales, había olvidado.

Titulé este post “salir del armario” por darle un toque ameno a la noticia que supone que un paciente oncológico se encuentre de lleno con su diagnóstico, lo mire a los ojos y lo comunique a su gente. Es una sensación extraña, como cuando quieres decirle algo a alguien y no sabes por dónde empezar, ni qué palabras utilizar. En un momento en el que quedará grabado en el recuerdo de muchos por la intensidad del mensaje, o por la fuerza de sus pausas. Supongo que a veces hay silencios que se graban a pulso en los meandros de nuestra memoria. Y permanecen allí sepultados.

Me gustaría acabar esta primera entrada con una conversación del Señor de los Anillos que me recuerda a este proceso, y a todo lo que ello implica, en tono de humor por supuesto. Es un momento en el que Gimli dice: 

“¿Certeza de muerte?, ¿mínima esperanza de éxito? ¡A qué esperamos!” . Me hago eco de sus palabras para emprender esta aventura con vosotros.